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La alegría de educar
Fuente: Del semanario Cristo Hoy
31 de Mayo del 2013

ENTRE LAS CONSECUENCIAS DEL HEDONISMO ADORMECEDOR DE ESTOS AÑOS Y LA CRISIS ACTUAL ESTÁ LA PERDIDA GENERALIZADA EN EL DOCENTE DE LA ALEGRÍA DE EDUCAR



La tarea de la educación es formar a un niño concreto que pertenece a una nación concreta y a una época histórica concreta. Mucho antes de ser un niño del siglo XX, un niño nacido en América o en Europa, un niño con talento o sin él, un niño es un hijo de un ser humano. “Yo, antes de hombre civilizado, al menos espero serlo, y francés criado en los círculos intelectuales parisinos, soy un hombre”. Son palabras de Jacques Maritain. El filósofo francés señala que el fin de la educación es la formación de hombres. Unos siglos antes , con otras palabras, Kant escribió idéntica idea en sus lecciones sobre pedagogía: ”únicamente por la educación el hombre puede llegar a ser hombre”. Recogiendo esta tradición humanística Benedicto XVI ha afirmado que la tarea del educador es “la formación de la persona a fin de capacitarla para vivir en plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad”. No importa en este momento los diferentes matices que introducen los tres personajes citados anteriormente; lo relevante es que la labor educativa es consustancial al ser humano y, en consecuencia, quienes se dedican a ella tienen una labor apasionante.


IMPORTANTE EN LA FORMACION DEL ALUMNO

No es arriesgado afirmar que la alegría no es fin en si mismo, sino una consecuencia que está vinculada a una tarea o persona que la provoca. La alegría de educar es consecuencia de la relación con el alumno, de saberse importante en la formación de este. Uno de los mensajes demoledores que circulan en nuestra sociedad, asumidos por muchos padres y docentes, es que ya no educa la escuela-tampoco la familia-, sino, los amigos, los medios de comunicación, “la sociedad”. Falso. Los padres y el profesor son figuras de extraordinaria importancia para el niño y el adolescente. ¿Hay un trabajo más interesante que el de ayudar a un joven a adquirir madurez personal?,¿hay algo más hermoso que el de ayudar a un joven a vivir plenamente su vida?.

Cada vez tengo más claro que el docente cristiano se caracteriza del que no lo es en que ve al alumno como una persona. Tratar al alumno como una persona no es solamente respetar sus derechos inviolables, sino considerarlo como hijo adoptivo de Dios, es decir, como un ser destinado a la eternidad. Por supuesto, es indiferente que el alumno sea un creyente o no. El docente que ve al alumno de ese modo le importan los recortes de presupuestos, pero menos que a otros. Un profesor así está vacunado contra el desaliento y sobre todo habita en él una alegría que no es de este mundo.(Carlos Jariod/RD/ Adaptación)

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